German Arellano German Arellano

En Búsqueda de la Armonía y el Equilibrio (Shibumi)

Este es un escrito sobre uno de mis más queridos Bonsái, es la historia de como muchas veces el destino de un árbol se cruza en tu camino, como logre transformar una singular planta de vivero en un excelente Bonsái

Shibumi

Transcurría un día normal en La Casa del Bonsái, Cali - Colombia. Lo usual, mantenimientos, algunas ventas, asesorías, en fin, una agradable jornada de trabajo de un viernes de agosto del 2004. De un momento a otro recibí la sorpresiva visita de dos estudiantes de La Casa del Bonsái, que habían oído de un nuevo vivero en Manizales, ciudad situada aproximadamente a 300 Km de Cali, y en la cual habían conseguido un Jaboticaba (myrciaria Cauliflora) de entre muchos más, de unas dimensiones dignas de admirar. Me mostraron el ejemplar e inmediatamente armé el paseo a Manizales. Sería ese mismo fin de semana, ellos pasarían muy temprano recogiéndome en una pequeñísima Van y nos devolveríamos el siguiente día, llenos de árboles -ese era el objetivo-.

El viaje fue terrible, 5 largas horas, la Van solo contaba con dos asientos, piloto y copiloto, el resto era para carga, total nos hicimos a un viejo e incómodo sofá que pudimos usar como asiento trasero.

En cada curva, quien estuviera sentado en el sofá, terminaba o en el suelo o en el fondo de la camioneta, terrible. Por fin llegamos al vivero y comenzamos la búsqueda, los estudiantes se entusiasmaban con todo lo que veían, en efecto el lugar estaba plagado de jaboticabas de todos los tamaños y formas. Los había de todo tipo: retorcidos, múltiples troncos, altos, pequeños y enormes, muchos se encontraban llenos de frutos, otros en plena floración, la vista se perdía en una montaña totalmente sembrada con esta especie. En sí, el paraíso de los jaboticabas.

Me demoré exactamente 15 minutos en encontrar al protagonista de esta romántica historia. Cuando lo vi por primera vez medía cas 2.50 mts. de alto, estaba lleno de ramificaciones menores y su futuro nebari se encontraba escondido, a tal punto que me demoré horas descubriéndolo. Su grueso tronco se deshojaba continuamente por todos lados -característica propia de las myrciaria Cauliflora- tenía muchas hojas marchitas y además, se encontraba en un costal que por poco se deshace cuando lo moví, se notaba su abandono, pero me sedujo inmediatamente.

Los dueños del vivero me contaron que el árbol tendría aproximadamente 30 años, que era la edad del hijo de quien los había sembrado en una montaña cercana. El viaje de regreso fue como se planteó al principio, el objetivo se cumplió, volvimos repletos de árboles, gracias a esto el sofá de atrás jamás se desacomodó.

Semanas después, ya sembrado en un recipiente profundo con muy buena tierra, buen drenaje y con cierta poda de ramas, comencé a estudiar el árbol.

Les describo mi primera impresión: su sugestivo nebari evocaba la sensualidad femenina con curvas suaves y bruscas, típicas de la exuberancia tropical, el grosor de su tronco se desvanecía tenuemente a medida que el tronco principal subía zigzagueante, pero este se interrumpía bruscamente con una bifurcación de varias ramas gruesas y predominantes. A medida que fui eliminando estas grandes ramas me di cuenta que la verdadera fortaleza de este ejemplar era, solamente, la quinta parte de su tamaño. Únicamente 50 cm!

busqueda de armonia

Sin pensarlo mucho eliminé desde su base, todas aquellas ramas que me molestaron desde el principio, quedando solamente un pequeño tronco semiretorcido y con dos grandes cicatrices. La poda de raíces fue extenuante, pues tenía dos enormes nudos justo debajo del nebari.

Los meses pasaron y el pequeño tronco comenzó a rebrotar con muchísima fuerza. Al sexto mes ya había discriminado ciertas ramas y se comenzaba a desarrollar la estructura principal del árbol. Al cabo de un año y cinco meses, las ramas principales y el nuevo ápice se habían desarrollado lo suficiente para comenzar el meticuloso diseño de alambrado con cada rama. Gran parte del entrenamiento de este árbol consistió en constantes sesiones de defoliación, de hasta tres veces por año, con el cual se redujo notablemente el tamaño de su hoja; todo esto buscando armonía y equilibrio entre el grosor del tronco y su ramificación.

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Pasé los siguientes dos años dejándolo crecer libremente y podándolo de vez en cuando.

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En Enero del 2008, aprovechando el clima y la temporada de lluvias, fue rediseñado y sembrado en una matera Ovalada honda de La Casa del Bonsái, color mate. Al árbol le encantó su nueva matera, comenzaron a brotar hojas pequeñas y saludables. Cuatro meses después removí los alambres y el resultado es lo que podemos admirar hoy. Desde entonces ha sido constantemente podado y se cambió a la maceta, -especialmente mandada a hacer para este árbol-, con la que se aprecia en la fotografía.

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Hoy en día este ejemplar es uno de los más queridos en mi colección, le tengo un profundo respeto y admiración y sobretodo me trae muy buenos recuerdos de aquella cacería programada de bonsái.

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